El comandante Humala en el Club Nacional de Perú
amigos del blog resiban un saludo fraterno de mi parte. En esta ocacion les traigo un aporte de un gran amigo mio(que recien conosco) Ivan Ore que permitio que publicara este articulo para el deleite de los seguidores del blog. Ojo no me comprometo con ninguna campaña politica solo pongo algo que me parece tiene algo de razon

Candidato Ollanta Humala.
Contemplaste la vieja escalera de mármol por la que muchos de tus enemigos habían ascendido. La recorriste seguro de ti mismo, a paso firme, sonriente, respetuoso, fascinado por los magníficos gobelinos, hechizado por el fulgor de los candelabros, envidiando en secreto el tenue equilibrio de las arañas de cristal. Te sentiste, por un momento, el conquistador de un espacio sacro, el profanador de un templo vedado.
Los acordes de un piano, mezclados con el murmullo de la limeña Plaza San Martín, te distrajeron por un instante, pero al punto retornaste a saborear tu pequeño triunfo. Estabas, por fin, en el club nacional, sancta sanctorum de la oligarquía peruana.
Comprendiste muy pronto que los hombres que te observaban intrigados eran los mismos a los que tu sangre amenazó de muerte hace unos años, condenándolos al paredón en un rapto astuto que ganó para tu causa varios, muchos puntos en las encuestas.
Hoy, rodeado del atrezo de la abundancia, rendido ante el discreto encanto de la burguesía, compartías con ellos sus potajes, degustabas sus vinos, fraternizabas en su riqueza, posponiendo, para mejores tiempos, el advenimiento inminente, científico, de tu revolución.
Ibas a guardar las formas, reprimir el discurso, apostar al centro, como hace unos días, en Nueva York. Mientras Susana Villarán, la nueva alcaldesa de Lima, tu peor enemiga, sea incapaz de aglutinar a la izquierda peruana, siempre tendrás un espacio en la política de oposición.
Sonreíste. ¿Por qué regresar al anonimato, a la mediocridad, a la oscura rutina de la gleba? No, eso no. Hugo Chávez, tu mentor, acertaba cuando te decía que nunca, bajo ninguna circunstancia, se abandona el poder. Tu protector confiaba en ti. Lula y Cristina te recibían cuando él lo pedía.
Eras el representante en el Perú del socialismo del siglo XXI. La red seguía siendo tuya y nadie te la iba a quitar. Mucho menos la advenediza de Susana. Todo esto del centro político es pura estrategia, te dijiste. Eras consciente de lo difícil de la elección pero no renunciarías a tus privilegios, al oropel del dinero, a la quimera del liderazgo, a esa corte fatua que te seguía a todas partes y obedecía sin chistar. Nadine, tu esposa, jamás lo permitirá.
De pronto, algo te turbó. Recordaste la escena final de 'Rebelión en la granja' el libro de George Orwell que tu padre te obsequió. “Esto es lo que nunca debe hacer un verdadero comunista”, dijo en aquella ocasión, mirándote a los ojos.
En el libro, los cerdos, los líderes de la revolución, la gran esperanza de la granja, terminaron por parecerse a sus enemigos, los malvados humanos, los capitalistas salvajes, los depredadores del pueblo. Imitaron sus costumbres, adoptaron sus vicios, abrazaron sus errores. Los cerdos pactaron con sus enemigos y moderaron su discurso, por puro interés. Tú estabas haciendo lo mismo. Te seducía la riqueza. Siempre fue así.
En ese lugar que encarnaba todo lo que en apariencia odiabas, en ese salón dorado que albergaba todo lo que habías combatido durante años, te traicionabas voluntariamente ante tu Némesis. Capitulabas en tus ideas entregándote al ritual de la oligarquía, mezclándote con ellos, olvidando tus discursos, tu proyecto, tu partido. ¿Qué pensarían tus votantes? Te entraron ganas de llorar.
* Martín Santiváñez Vivanco es Director del Center for Latin American Studies de la Fundación Maiestas
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